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El primer encuentro

Últimos de Abril, Mara estaba agitada ante la inminente llegada de su Amo. Le había conocido a través de internet, y le parecía el hombre más encantador y enigmático de la tierra

El conocía todos los anhelos de ella, todas sus ilusiones, todos sus amores. A un Amo no se le oculta nada. Él había venido desde lejos, expresamente para pasar con ella el fin de semana. Se besaron largamente, como si hubiese sido el primero y el último beso de la historia de la humanidad.

Ambos sentían latir fuertemente sus corazones y desbordarse la inminente pasión que les atenazaba. Él acarició los pechos de Mara, sintiendo a través de su ropa y su textura toda su excitación. Ella tímidamente le acarició el abultamiento de su pantalón a lo que Carlos le respondió con un palmetazo en sus nalgas, atrayéndola contra sí juntando sus pelvis.

No había tiempo para más, tuvieron que comer aprisa, ya que ella debía acudir a una población cercana para finalizar un curso de actualización de carrera. Él la acompañó...

Se sentó a su lado en el coche, y no dejaba de mirarla mientras hablaban amigablemente durante el trayecto. Al finalizar el evento, regresaban a casa de Mara, y él mirándola con admiración le dijo: ¡quítate las braguitas!. Ella iba conduciendo, poco a poco se levantó la falda que aprisionaba sus piernas contra el asiento del coche.

Sin dejar de mirar la carretera, fue deslizando los dedos de una mano por entre sus braguitas, y levantando las caderas a fin de poderlas liberar. Con movimientos lentos fue haciéndolas bajar hasta sus rodillas. Le miró. Los ojos de él le pedían más, y ella se las terminó de sacar de entre sus piernas, mirando de vez en cuando de reojo por si los camioneros que pasaban por su lado la observaban.

Le vió complacido. Él le dijo: abre las piernas, y ella enrojeció. Con las piernas cerradas podía disimular su desnudez, pero al abrirlas exponía su sexo a la mirada de cuantos curiosos pudiesen pasar por su lado. Las abrió.

La voz de su Amo tenía algo poderoso y excitante a la vez , que hacía que no pudiese negarse a cumplir todas y cada una de las órdenes que le dictase.

Sigue conduciendo -le dijo él- mientras acercaba las manos a su blusa y desabrochaba poco a poco algunos de sus botones. Las introdujo con convicción y algo de brusquedad, para sacarle los senos de entre su sujetador, dejándoselos libres por encima de éste.

Por unos instantes tuvo sus pechos al descubierto, notando cómo se iban excitando y endureciendo sus pezones. La blusa abierta, separada de ellos, la hacía sentir avergonzada, y temerosa ante tal exposición, a la par que sentía latir fuertemente su corazón y mojarse su sexo, cuya humedad habría calado indudablemente en el asiento de su vehículo.

Carlos le acarició las piernas dulcemente, haciendo que ella temblase y se excitase más al sentir el contacto de sus manos. Subía y bajaba desde sus rodillas a su sexo, sin llegarlo a tocar apenas, sólo lo rozaba suavemente. Siguió trepando por su vientre hasta llegar a sus senos, desnudos, provocantes, deseosos. Ella notó que le oprimía los pezones, al principio tiernamente, despiadadamente después, con verdadero delirio. Así se mantuvo por unos instantes, que a ella se le antojaron horas, hasta que le cerró la blusa ligeramente, sin abotonársela.

Sus pechos desafiantes, sus pezones erguidos y su respiración entrecortada, hacían que su blusa quisiese retomar la posición que adoptara anteriormente, abierta completamente. Él le acariciaba por encima de la fina tela de hilo, lo que incrementaba más el placer de Mara.

Sin mediar palabra, descendió su mano hacia el sexo de ella , y esta vez sí introdujo dos de sus dedos comprobando satisfecho su elocuente excitación. Eres una buena putita, mira cómo tienes el coño -dijo él- tras extraer sus dedos completamente impregnados de su abundante humedad. Mara se sonrojó, sintiendo cómo todavía se le humedecía más. Abre más las piernas y conduce despacio, putita –le dijo su Amo- . Mientras veía asombrada cómo él introducía su cabeza por entre sus piernas, rebuscando entre sus pliegues, su humedad y lamiéndola con deleite...

Ella no daba crédito a lo que estaba sucediendo, y sin dejar de mirar al frente, conduciendo lenta pero firmemente sintió cómo le sobrevenía un orgasmo intenso y placentero, como nunca antes hubiese experimentado, intentando que los espasmos no hiciesen mella en su conducción, se fue demorando por más de cinco kilómetros. En esos momentos poco le importaba que alguien hubiese podido observar la escena, ella con la blusa desabrochada, y la cabeza de su amante entre sus piernas.

Sigue conduciendo, inquirió él. Ella le obedecía alternando con su respiración algún que otro jadeo. Él le abotonó algo la blusa, lo justo para que no se viese su desnudez, y le dijo: para el coche en la gasolinera. Ahora conduciré yo. Ella le obedeció. Cambiaron de lugar. ¿Sabes qué debes hacer putita mía?. Sí Amo, le respondió . Pues hazlo –le dijo él- Ella le acarició su torso por encima de su camisa, lentamente, subiendo y bajando sus manos, acariciándole la nuca y su pelo, besando sus lóbulos y su cuello con deleite.

Traviesamente bajó sus manos hacia el abultado pantalón y comprobando la excitación que traía consigo decidió liberarlo, desabrochándole el cinturón y abriendo la cremallera. La verga de su Amo salió casi sin tocarla, como una exhalación. La miró sin dar crédito a lo que veía, era inmensa. Acercó sus labios a ella y la besó con cuidado...

Tímidamente empezó a lamerla, al tiempo que exploraba los testículos de su propietario. Él se levantó un poco del asiento para que tuviese mejor acceso, así pudo comprobar la calidad de los atributos de su Amo. Empezó suave, pero poco a poco su actividad se tornó frenética, a medida que sentía gemir a su amante, más cuando éste le aproximó más su cabeza a su sexo, haciendo que hundiese su cabeza en él, y que siguiese el ritmo. Chupa putita, chupa –dijo él- , no pares, sigue...

Ella seguía, sintiendo las venas hincharse cada vez más. Ya me viene, ¡trágatelo todo!... Mara recibió en su boca el semen de su amante y con verdadero deleite se tragó el fruto de la pasión de su Amo. Bésame –le dijo él- , ella le besó complacida.

Ya llegaban a su casa… sesenta kilómetros de placer y lujuria que no hicieron más que empezar lo que sería una de las muchas noches de vida en común. Una venda en los ojos, la imaginación de su Amo, y…el paraíso. 

Maddy