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La afrenta

Empezaba el mes de Abril… Ana andaba despacio intentando completar la hora de paseo recomendada por los especialistas en dietética.

Ella estaba entrada en carnes, según decían, le sobraban quince quilos de peso. Para ella era toda una proeza perder dos gramos, no obstante era obstinada y seguiría andando… tal vez hoy dos horas.

Su ensimismamiento la llevó a verse de pronto en una playa. Estaba desierta, no había gente, todavía era pronto para la temporada de turistas. El aire olia a flores y a mar, y una suave brisa embriagaba los sentidos. Ana se sentó frente al mar, contemplando las olas que iban y venían suavemente.

Al poco rato pensó que a pesar del tiempo en el que estaban hacía mucho calor, y la caminata le había hecho sudar.. ¿y si se bañaba? -pensó-. No había nadie por allí que la pudiese observar… era el momento adecuado… caía la tarde.

El agua debía estar deliciosa. Ana se desnudó mirando sin cesar hacia todos los puntos cardinales, constató su soledad. Era el momento… Se quitó la ropa suavemente, primero los pantalones cortos, luego la camiseta de tirantes escotada, luego el sujetador y las braguitas, que el día de antes se había comprado en un bazar y le parecían muy atrevidos por su transparencia. Pero no había gente. Estaba sola.

Desnuda como iba se metió en el mar… sentía algo de vergüenza por su cuerpo, no era precisamente el de una modelo de pasarela, ¡uf! cuanto hubiese dado ella en ese momento por tener un cuerpo esbelto… Aún así se metió en el agua… Ésta, contrariamente a lo que pensaba estaba fría, empezó a notar como se helaban sus piernas, sus rodillas, su sexo y lo peor de todo… sus costados, ¡ayyysss!. Se metería súbitamente, seria lo mejor, sí. Parecía que fuera del agua se estuviese mas confortable que dentro. Se dió cuenta de cómo estaba su piel, amoratada por el frío, se percató de que sus pezoncitos estaban tensos , duros, enrojecidos. Se los cubrió con sus manos que le proporcionaban calor.

De repente oyó unas risas en la lejanía, miró y no vió a nadie. Decidió salir prontamente del agua, sin azorarse, y sintió que las piedras de la playa que antes le habian parecido de espuma se volvian cuchillos, clavándosele en las plantas de los pies… Cada vez mas aprisa, intentaba llegar adonde tenía su ropa bien resguardada.

Mirando las piedras que le atormentaban, no reparó en las dos siluetas que se erguían delante de ella. Eran dos hombres fornidos atléticos, con aspecto algo tosco, rubios con la piel morena, y sus ojos azules parecian no tener piedad. Sonreían… Ana intentó alcanzar su ropa sin mediar palabra. Uno de ellos se lo impidió, apartandola de su alcance. Ahora ella estaba horrorizada…

¿Qué intenciones mas aviesas tenían esos intrusos? Habian violado su intimidad al apartar la ropa de su alcance. Ella con la mejor de sus sonrisas y como no queriendo la cosa les indicó que si se la podian acercar. Al unísono ellos respondieron ¡No! Ana temblaba …

Ya no por el frío que hacía, sino por la inquietud y la incertidumbre que le provocaba esa situación. Sus carnes blandas se habian transformado en tersas, sus pechos seguían erguidos, cada vez mas rojos. 

El hombre más alto se le acercó, ella intentó huir a traves de la selva de piedras cortantes. Fue en vano… la alcanzó. Violentamente la tiró sobre las piedras. La vergüenza que sentia Ana ya no era solo por su cuerpo, era por la postura que éste la estaba obligando a adoptar.

Entre los dos hombres la sujetaban, ella forcejeaba, cuando de repente sintió en su rostro un fuerte dolor y calor que le hicieron perder casi el sentido. El golpe fue brutal, sentía arrebolarse toda la sangre de su cuerpo en su cara. La invadió una sensación de somnolencia, uno de los hombres se lanzó sobre ella, haciendole sentir las diminutas piedras en su espalda, piedras que ahora sí dolían, sentía como le sangraba la espalda, y las nalgas.

El hombre que estaba sobre su cuerpo presionándola con fuerza, le tapó los ojos con un pañuelo áspero. Ahora era peor, no veía nada, no veía ni podía adivinar sus intenciones, sólo sabía que cada vez era más fuerte la presión que sentía sobre ella. Sintió un fuerte dolor. La sal del mar y la ansiedad habían secado su entrepierna, y no podía dar crédito a lo que le estaba pasando… la estaban violando.

Sentía como la agarraban fuertemente por las muñecas y se las ataban con algo tosco, una cuerda. La debieron afianzar a alguna roca, porque no sentía el contacto de ninguno de los dos hombres. Notó como se desgarraba algo dentro de ella… Sus clemencias de nada sirvieron... cual animales obraban. Ella tenía experiencia en temas de sexo… pero aquello lo superaba todo. No sabía si eran empellones o arietazos. No sabía si la estaban penetrando o destrozando. Era demasiado doloroso…

Al rato sintió, su propia sangre y su propia humedad fundirse entre las piedras, caer entre ellas. Pensó… ahora me matarán, para que no les pueda delatar, pero no había terminado todavía el tormento, sintió como la volteaban. Sus quince quilos de más parecían veinte gramos. Pensó lo peor, y no se equivocó.

Al tiempo que sentía clavarse las piedras en sus pechos, su cintura, su cadera, sus piernas, notaba como también esos hijos de Satanás le estaban escudriñando la parte mas vergonzosa del ser humano, se lo estaban explorando. Sintió como unos dedos se metían en su interior, a traves de su ano, profundamente. Ella no sabía si los gritos que profería serían escuchados por alguien o se perderían por entre las rocas. Pero ya habia caído la noche. Sentía cada vez más la oscuridad a traves de su pañuelo. Lo que sintió a continuación es inenarrable. Su cuerpo daba cabida a una enorme masa dura. Algo pétreo se introducía a traves de su ano. Nunca lo hubiese concebido. El desconocido que le penetraba dicha zona, no era tan brusco como el anterior, era más considerado, se permitió el lujo de levantarla de entre las piedras y poner bajo ella una toalla.

Sintió como le apartaban las piedras incrustadas en su piel y como le colocaban una manta sobre su cuerpo, que ella agradeció en su interior más que el agua en el desierto. Oyó susurros, sintió un leve calor en su espalda, y unos labios en su cuello que le proporcionaron el calor que ella necesitaba, pero seguía siendo sodomizada. Lo sentía cada vez más adentro. Ahora notó como la levantaban, ella pensó… este es el fín.

Pero no, ahora en lugar de sentir dolor era como una dulce ensoñación. Sentía cómo le eran acariciados los pechos con dulzura cómo le susurraban palabras al oído que hacían que se estremeciera su piel, ahora… de placer.

Sentía vergüenza de ella misma… ¿Cómo era capaz de sentir placer en esa situación? Seguían sodomizándola y penetrándola indistintamente, tanto el uno como el otro; ella estaba entre los dos, y sus orificios parecían no tener secretos para ellos. Ya no sentía dolor, sentía un fuerte calor que la inundaba por completo. Nunca había experimentado tantísima excitación.

Ahora lloraba… lloraba por no saber cómo actuar. Un cúmulo de sensaciones inexplicables por todo su cuerpo la dejaba perderse en su ensoñación, pensó… está todo perdido, voy a disfrutar lo que me quede de vida. Se puso a moverse como una posesa, primero tímidamente, luego con todas sus fuerzas, pensando… ¿Qué mas da?

Ana gozaba… como nunca lo había hecho antes… se sentía penetrada por todos los orificios de su cuerpo, al unísono… ¡cuánto goce!. No supo exáctamente cuántos orgasmos precedieron al desmayo.

Se despertó con las luces del alba, estaba cubierta por una manta y completamente vestida. No había rastro de sangre alguna, sólo se notó un pronunciado chichón en la frente.

No había pasado nada, todo fue fruto de su contusión. Dando gracias al cielo se incorporó, de vuelta a casa sentía arder toda la parte inferior de su cuerpo. ¿Todo había sido un sueño?. Y…  ¿esa manta? 

Maddy