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Nunca digas todo

Mar estaba preocupada, se sentía sola en medio de la noche y esperando al autobús, que parecía no tuviese que llegar nunca. Se dijo: algunas veces se demora, y en sus adentros intentó tranquilizarse. Estaba cansada, el día había sido agotador, doce horas de trabajo contínuo habían terminado por acabar con sus espectativas de un sábado de desenfreno.

Hacía frio, un frío inusual es esa época del año. Ella había salido con la ropa que suponía que iba a necesitar, y sin embargo se encontró en el exterior con un frío extraño, ese frío que sentimos cuando tenemos la vejiga a punto de estallar. Tiritando estaba,cuando un ruido la sobrecogió...

Un ruído proveniente del callejón adyacente. No pudo dejar de girar su cabeza hacia el lugar, y casi al mismo tiempo se percató de que no había nadie transitando por la calle, parecía que estuviese sola en el mundo.

Tuvo miedo. Los pasos fueron cada vez más audibles, acercándose a ella... temblaba. Sin medir sus actos... irresponsablemente echó a correr; cruzó la calle, cruzó la acera, cruzó otra avenida... y no había nadie... ¿es que habían todos sido abducidos por una nave extraterrestre?... nadie tuvo más miedo que nunca en sus vida, de repente se puso a gritar...

Sintió unas manos agarrándola fuertemente por sus hombros... escapó de alguien que no tuvo el valor suficiente para adivinar quien era, por no girar su cabeza y empezó nuevamente a correr. Se detuvo frente a una valla alta que bordeaba un parque... sintió nuevamente esas manos... corrió de nuevo... vió una puerta que accedía al parque y entró con la firme decisión de cerrarla tras de sí en cuanto estuviese dentro. La cerró... por unos instantes se sintió a salvo al pasar el cerrojo interior que tenía la puerta.

Respiró hondo... Miró al exterior pero comprobó que no había nadie... nadie por ningún sitio... nadie que la pudiese ayudar a liberarse de esa angustia, pasó un buen período de tiempo cuando ya pensaba en volver a salir... Y... 

De pronto sintió nuevamente esas manos... esas manos firmes, atenazadoras, que tanto terror le causaban. Esta vez sí se sintió presa de ellas; esta vez, la dejaron ensamblada entre la verja y el interior del recinto aprisionándola con fuerza y tenacidad. No podía moverse, sintió que alguien le mantenía la cabeza fuertemente atenazada contra el frío metal de la inocente puerta.

Ella rehuía esas manos con toda su fuerza de mujer adulta, y bien entrenada físicamente, debido al constante ejercicio que a diario practicaba sobre su cuerpo. Pero ahora de nada servía. No era sólamente un par de manos las que la sostenían en esa posición... eran varias...

Se sintió desmayar... perdiendo el contacto con el metal. Sintió un golpe en su cara...v arios... que la hicieron recobrar el sentido... ¿por qué no la habrían dejado yacer inconsciente en el suelo antes de tener que presenciar la escena dantesca que se imponía ante ella? Hubiese preferido morir cien veces antes que...

Observó por unos momentos su desnudez... sus muñecas rodeadas por fuertes muñequeras de cuero... sus tobillos con tobilleras del mismo material... su cuello...l ucía un collar extraño cuyo material no podía determinar, pero sentía caliente, aunque sí veía asomar una argolla de metal, al igual que en sus otros cuatro puntos antes mencionados.

Una hoguera alumbraba la espesura de la noche y su cuerpo reflejaba el sudor de su inquietud. Su cuerpo, bello, jóven y enardecido, temblaba, pero no de frío, sino de desasosiego; mas bien sentía demasiado cerca las llamas del fuego... vió tambien cinco figuras masculinas alrededor de la hoguera, y oyó decir... ya ha despertado.

Dos de las figuras se acercaron a ella... intentó retroceder, pero sintió un fuerte tirón en su cuello... giró su cabeza y vió una cadena atada a un árbol... una cadena que la sujetaba a ella por su cuello. Se sintió perdida completamente y empezó a llorar. Nadie la consoló, mas bien procedieron a ejecutar lo que tenían en mente... pensó.

Pasaron una cuerda de algodón por entre una de las argollas de su muñequera, luego otra por la otra. Ya no sentía miedo, se sentía completamente a merced de esas imágenes, encapuchadas, que la estaban dominando y afianzando a dos árboles casi juntos que había en ese descampado.

Diría que la habían adormecido, pues cada vez sentía menos temor desde que le inyectaron algo, después de los zarandeos. Tiraron de ellas, sintió dolor al notar sus brazos completamente estirados y su cuerpo pendiente de las cuerdas, con los pies sólo rozando el suelo. Pasaron otras dos cuerdas por las argollas de sus tobillos, tiraron de ellos... ahora no sentía el suelo. 

Estaba completamente pendiente de los dos árboles, flotando en el aire, sujeta firmementente por sus brazos y piernas. Oyó unos zumbidos en el aire, unos zumbidos que provenían desde detrás de ella y se acercaban a su cuerpo. Sintió el primer chasquido en su piel. Gritó de dolor. Un fuerte calor le sobrevino al primer impacto. Al primero le siguieron otros... y más.

La estaban golpeando con un látigo de varias colas. Ella no sabía hacia dónde contraer los músculos de su piel, pues los azotes venían desde varias direcciones. No se apreciaba heridas, pero el dolor era insoportable, y a uno le seguía otro... no se libró su cuerpo ni un sólo centímetro de ser castigado. 

Todo... salvo la cabeza. Sus muslos, sus nalgas, sus piernas, sus brazos, su abdomen, su tórax, sus pechos, sus pezones... ahí era donde sentía más dolor, cuando el látigo recorría la delicada piel de sus pequeños promontorios; y era ahí donde se cebaban; ahí donde más insistían.

Habían calculado perfectamente el recorrido del látigo que rodeaba su cuerpo a cada golpe, e incidían ahí una y otra vez. Los gritos que profería, cada vez eran más agudos... ella había perdido la cuenta cuando llevaban unos cincuenta; poco a poco, sus gritos se fueron debilitando... cedió la tortura cuando comprobaron que estaba nuevamente sin conocimiento.

Esta vez, para sacarla de su estado, utilizaron un hierro candente, que había estado hasta ese momento alimentandose de la hoguera. Al sentir abrasarse su nalga despertó de un sobresalto, sintiendo todo el dolor junto, sus músculos completamente estirados, que la hacían bellísima, el calor en toda su piel, producida por los latigazos, y la abrasión de ese momento en la cara interna de sus muslos.

Sintió cómo se destensaban las cuerdas de sus brazos, y cómo un encapuchado la sujetaba por ellos, atrayéndola hacia sí. Las piernas seguían atadas al árbol, completamente abiertas, sin poder poner los pies en el suelo, que casi rozaba...

El suplicio de Mar no acababa más que de empezar. Le dieron algo de beber, algo dulce y amargo a la vez, algo que ella rehusó al principio, pero que acabó aceptando despues de la sonora bofetada que le propinaron. Le untaron el cuerpo con ungüentos que parecían sal y vinagre en una herida... incluso en su nalga.

Mar sintió que el líquido ingerido, empezaba a hacerle efecto, primero sintió un ardor muy intenso en su estómago, luego, un fuerte calor por todo su ser, extraño, muy extraño, una especie de emponzoñamiento que iba haciéndola sentir... deseo carnal.

Los enmascarados estaban allí, esperando; esperando que sucediese algo... tal vez la reacción química que transformase a Mar, mientras, dejaban caer su abdomen sobre un taburete alto redondo y aterciopelado. Untaron completamente la nalga de la jóven esclavizada, con una pócima que hizo que se retorciese al notar su escozor; pasaron nuevamente las cuerdas alrededor de las argollas de sus muñecas y se las afianzaron a las patas del taburete.. estaba otra vez inmovilizada...

Sintió vergonzosamente cómo le eran explorados los orificios anal y vaginal... oyó que alguien decía... es virgen. Ella seguía sintiendo mucho calor por todo su cuerpo, y un fuerte deseo inundaba su sexo. Un deseo que hacía que se avergonzase de su situación, pues se sentía terriblemente mojada. Sintió ahora cómo sus pechos eran prendidos de unas pinzas metálicas, que sólo enganchaban sus pezones, a las cuales seguía una cadenita terminada en un peso cada una.

Cruzaron las cadenas y las introdujeron en su boca, mientras le decían... si abres la boca, las cadenas caerán por el peso... y...

Mar tragó saliva y pensó que si las soltaba, el peso que había en cada extremo... podría ser desgarrador para sus torturados pezones, y las mordió firmemente.

Uno de los cabecillas, la cogió por las caderas, empezó a penetrarla vaginalmente y Mar, que nunca había sido poseída, sintió un dolor lacerante, que de no haber sido por las cadenas que tenía en su boca, hubiese arrancado de su garganta un fuerte quejido. Su deseo iba en aumento… A éste le siguieron los otros cuatro, a cual más fieramente...

Mar no podía más que dejar que se derramaran las lágrimas de sus ojos y apretar sus dientes. No podía dejar que se cayesen las cadenas... y sentía cómo le sobrevenía ferozmente un orgasmo tras otro, sin poderlo evitar. La siguente embestida de los encapuchados fué la mas salvaje...

Ella seguía atada de los tobillos a los dos árboles; su vientre se iba hundiendo más en el taburete redondo que habían colocado ante ella, y sus manos fuertemente sujetas a los pies del taburete. Por si fuese poco los pezones le dolían cada vez más debido a la presión de las pinzas metálicas, estaba envuelta en sudor, acongojada por sus deseos, y desorientada por el dolor y el placer.

Notó cómo le separaban las nalgas... sintió un líquido frío que le cayó por su hendidura hasta llegar a su vagina, salvajemente masacrada. Empezó a sentir... cómo uno de ellos empezaba a introducir con dificultad su miembro en su cavidad anal. Estaba muy asustada.

Fuértemente, de golpe se introdujo completamente en ella. Mar gritó... nunca había podido suponer que ese tipo de penetración pudiese ser tan dolorosa y cuánto más siendo ella virgen en todos los aspectos. El tirón que sintió en sus pezones la hizo gritar doblemente, los pesos habían caído de su boca irremediablemente  y colgaban de ellos burlándose de su dolor, balanceándose al compás de las arremetidas.

Al compás del tirón y de la penetración anal, Mar no pudo contener un nuevo orgasmo. Sus pechos habían resistido, y el dolor que ella pensaba le iba a proporcionar se transformó en delicioso placer. Se sucedieron uno tras otro. Ella les suplicaba una y otra vez que le quitasen los pesos, pero antes que hacerle caso uno de ellos le tiró suavemente y los volvió a dejar balanceándose.

Al terminar los cinco la soltaron de sus ataduras, sin soltarle las pinzas. La depositaron en el suelo, tirada en él. Poco a poco notó cómo volvían a sus piernas la circulación y el dolor.

La obligaron a ponerse a cuatro patas, uno de ellos cogió una vara verde y le azotó las nalgas y el sexo todo el tiempo que le pareció razonable. Mar no podía escapar… ni lo deseaba. Deseaba que no parasen, nunca había sentido tal cantidad de sensaciones y emociones extrañas, juntándose y paralizando sus instintos básicos de supervivencia, prevaleciendo solamente el del placer sensorial.

Sintió el agua fría de todo un cubo sobre su cuerpo, otro aún más frío si cabe sobre su entrepierna, y otro sobre su cara; temblaba, la acercaron a la hoguera, sintió el suave calor que la alejaba de todos los temores… los deseaba incomprensiblemente.

Los cinco hombres, uno tras otro la obligaron a abrir la boca mientras se masturbaban dentro de ella, y la obligaban a tragarse su semen. Más tarde, orinaron sobre su cuerpo lacerado, provocándole espasmos dolorosos, e increíble escozor. Ella no daba crédito… lo gozaba.

Antes de perder el sentido por tercera vez, vió cómo los hombres iban abandonando el bosque uno tras otro. Todos menos uno. 

Amaneció en brazos de su amante novio, que la mimaba y cuidaba con esmero, curaba sus heridas y hematomas en el hotel en donde se había instalado. Le vió con lágrimas en sus ojos, sin cesar de pedirle disculpas por no haberla avisado de que todo aquello que habían estado hablando tantas veces acerca de sus fantasías, él tenía previsto hacérselo disfrutar, hacérselo vivir.

Mar se abrazó a su amante, dándole las gracias por las sensaciones que había podido comprobar en sus propias entrañas… y que la habían despertado salvajemente pero al mismo tiempo, con tantísima intensidad, llevándola a la cumbre del placer.

Juan, amor mío, susurraba sin cesar. Él le acercó un espejo, y comprobó cómo en su nalga derecha llevaba marcada a fuego una inicial… la inicial de su Amo. “J”. Gracias Amo. Gracias por el regalo.

Juan esperaba impacientemente a su amigo que debía ir a recogerle a la terminal del aeropuerto, en su lugar se presentó una bella desconocida… le dijo… ven conmigo… vengo de parte de Raul…

Mar iba a hacerle vivir a Juan una de sus fantasías más celosamente guardadas. 

Maddy